Siento tus latidos como el metal de la trompeta temblando de emoción antes de escuchar su canto, puedo oir cada uno de los gramos de aire que inspiras y que renuevan de vida tus palabras.
Saboreo la lágrima que tímida resbala por tu mejilla y que me dice que esta noche habrá muchas más como esa.
Puedo ver y contemplar el brillo anaranjado de tus ojos, que aunque melancólicos, me hablan de primavera y misterio y misericordia, pulso que late y erosiona tu brío.
Vivifica, hilvanando de esperanza, el sonido de tus pensamientos fluyendo azarosamente por tu mente despejada y clara el girar del universo altivo y soberano.
Musa clandestina de exóticos poemas y misterio perenne. Hoy veo tu risa, eterna, dulce como vino afrutado.
No te dejes inundar por esa marea grisácea a la que llaman cínicamente racionalidad, pero descuida, que yo estaré atento y vigilante para salvaguardar tus pilares de mármol blanco, tus fuentes de agua plateada y tu bandera celeste.
Centinela del primer albor de tu belleza y del último destello de tu aérea esencia.
Quiero transmitirle una reflexión sobre la bondad humana y me he permitido la licencia de hacerlo de diversas formas para que pueda elegir la que se asemeje más a su persona y que le sea más sencillo apreciar. Con esto no trato de poner etiquetas a nadie, más bien todo lo contrario, que cada uno en su orginalidad forme parte de la misma idea.
Para los que piensan con la cabeza, aman la razón y creen solo lo que ven.
Ya nos encargaremos mañana de la quietud del universo, y déjenme hoy proponerles un nuevo discurso. Y es que de lo que quiero hablarles no es ni más ni menos que de la existencia de la bondad en el hombre y de la medida en la que esta supuesta bondad afecta al transitar del universo.
Parece claro que se observan, o si lo prefieren atisban, en las obras humanas un grado de intencionalidad en ellas. Si efectuáramos ahora una distinción binaria entre dos tipos de intencionalidad y las pusiéramos una etiqueta, obtendíamos dos nuevos adjetivos con los cuales poder clasificar las acciones humanas.
No tendría que pasar mucho tiempo para observar que esta distinción binaria no basta para clasificar el conjunto de las acciones humanas, tanto las presentes, como las pretéritas.
Es por tanto que tendríamos que fabricar una escala, una graduación entre estos dos valores extremos de BIEN y MAL. Nos plantamos ante ardua tarea, pero tratemos de ser asépticos y metódicos en nuestra investigación y propongamos una escala objetiva para este estudio. Tomemos pues una escala absoluta de 0 a 10 de tal forma que asignemos un valor de esta escala en relación con la proximidad o lejanía del objeto de nuestro estudio a el máximo o mínimo de dicha escala.
Déjenme ahora plantearles un dilema. ¿Sería suficiente esta escala para valorar el conjunto de las acciones humanas, tanto las presentes como las pretéritas, teniendo en cuenta todas las variables que influyen en la decisión previa a la realización de la acción?¿Si aumentáramos esta escala de 0 a 100 bastaría?¿Y de 0 a un millón?
Es claro que si empezamos a valorar estas variables encontraríamos algunas como: la voluntad de hacer bien o mal, la educación previa recibida por el individuo, la cultura en la que se encuentra el individuo, sus creencias religiosas, su moralidad, los posibles efectos primarios y secundarios de su acción... Parece claro que no hay forma, ni la habrá jamás, de hacer un análisis exhaustivo de la intencionalidad de las acciones humanas teniendo en cuenta todas las variables que afectan a este proceso y eligiendo una escala apropiada para su correcta clasificación.
Entonces debemos concluir que no existen acciones puramente buenas o puramente malas. Con esto no quiero inducirles a un relativismo moral, ni mucho menos; pero si quiero concluir afirmando que, y ahora voy a ser subjetivo, la bondad de la acción realizada por cualquier ser humano debe ser medida por el amor que se imprimió al realizar esa acción. Porque si bien saben, como afirmábamos en nuestra clase de ayer, es el amor la fuerza más poderosa del universo. ¿Se acuerdan cómo llegábamos a esta conclusión ayer?
Simplemente recordarles para los que no vinieron, que la única cosa en este mundo que hace sacar a relucir los mejores talentos y cualidades de las personas únicamente es el amor.
Y para aquellos que un relato real de personas reales de carne y hueso es lo único que vale.
(Este relato no trata de ser literal ni en los nombres de las personas ni en las palabras, pero si hacer justicia a la esencia de la historia)
Como cada sábado, me dirigía hacia la casa de la calle Serrano en la que quedábamos todos los sábados a las 20:00. Cuando llegúe, Jorge ya había partido las barras de pan y Fátima ya había calentado el caldo. Me pusé a untar los trozos de pan con queso Philadelphia mientras Sergio ponía salchicas a los bocadillos que ya había untado y Pedro los envolvía con papel de plata.
Cuando todo el caldo estuvo caliente, Andrea lo guardó en varios termos. Ya estábamos listos. Lo metimos todo en los maleteros de los coches y los seis nos fuimos hacia Plaza España. Cuando llegamos, aparcamos donde pudimos y bajamos la comida del coche.
Esa noche era especial, aunque aun no lo sabíamos.
La primera sorpresa. En el subterráneo de Plaza España era el cumpleaños de Vasiliy, uno de los rusos que habíamos conocido la semana pasada. Nosotros lo sabíamos y habíamos llevado una "sorpresa", una caja de Ferrero Rocher, todo un lujo tanto para nostros como para ellos. En cuestión de 5 minutos el lúgubre y triste pasadizo de Plaza España se convirtió en el lugar más alegre que se pudiera imaginar. Yo saqué la guitarra y todos nosotros y las demás personas que allí vivían comenzamos a bailar y a cantar "Cumpleaños Feliz" a Vasiliy, mientras disfrutábamos de los bombones. Fue un lujo de alegría en un mundo de pobres.
Creíamos que el resto de la noche, comparado con aquello, iba a ser más ordinario.
Entonces llegamos a Ópera. Yo fui a hablar con Teresa, la mujer que vende libros a la salida del Metro de Ópera, porque la semana anterior no me dió tiempo.
- Hola Teresa. - Hola, hola. - Que tal la semana, ¿ha vendido muchos libros? - Eh... bueno, no muchos. - ¿Quiere un bocadillo y un caldito calentito que le traigo Teresa? - Gracias majo, pero mejor dáselo a aquellos hombres de ahí - me dijo señalando a un grupo de hombres tumbados en los bancos de la plaza - que ¿sabes una cosa? a mi los de ahí... los de Rodilla, me dan algunos bocadillos que ya no van a vender y seguro que aquellos hombres los necesitan más que yo. - No se preocupe Teresa, no ve que algunos de mis compañeros ya está con ellos, tenemos suficientes bocadillos. Venga coga uno. ¿Le importa que me siente aqui con usted? - Que va, claro.
Entonces serví dos vasitos de caldo y comenzamos a hablar, más bien, yo comencé a escuchar.
- ¿Cómo me habías dicho que te llamábas majo? - Juan Carlos Teresa, me llamo Juan Carlos. - Eso Juan Carlos, sabes, esta semana he ido a la Comunidad de Madrid a pedir los permisos para tener este puesto - dijo señalando la tabla mal-montada con dos caballetes y llena de libros viejos sobre la que reposaban nuestros vasitos de caldo. - Eso está muy bien Teresa. - Además me han dicho que me van ayudar a pagarlo, porque cuesta tres mil euros tenerlo en "alquiler". - Que bueno. - Porque la diferencia es que yo trato de luchar y seguir adelante, no como otros que solo piden porque son unos vagos. - Eso tiene mucho mérito. - Porque yo, cuando estaba casada... Estuve casada con un directivo de X (empresa) y teníamos una casa muy bonita, y no vivíamos nada mal. Lo que pasa es... que ya sabes... las drogas y eso... y el alcohol... - No se preocupe Teresa, no pasa nada. - ¡Yo no tomaba nada! Era él. Y luego me pegaba. Unas palizas... Y mírame, que así estoy ahora, tengo una deficiencia mental del treinta por ciento, por las palizas.
Me quedé sin saber que decir. Únicamente podía mirar con ojos de tristeza.
- Pero él fue a la carcel. - ¿Por el maltrato? - pregunté yo. - Que va, por estafar a su empresa y robar dinero. El muy desgraciado encima les robaba. Pero en realidad yo no le guardo rencor, al fin y al cabo es una persona y le he perdonado. Pero mi vida cambió, y aquí me ves, con mis libros. Pero salgo adelante. Ahora lo único que quiero es poder tener suficiente dinero para comprar un piso con una amiga mía... - Ya verá como en unos meses ya no la veo por aquí. - ... En cuanto tenga un piso voy a dar la mitad de mi dinero a Cáritas, para construir colegios para los niños en África, para que puedan estudiar y ganarse la vida. - Eso es increible Teresa - dije conteniéndome las lágrimas.
Ella hizo un gesto de no entender mi halago, como si su acción le pareciera lo más natural del mundo. Bebió un sorbo de caldo. Yo otro.
- Bueno Teresa, siempre es un placer. La semana que viene vendré otra vez por aquí, y le traeré algunos libros viejos que tengo en casa. También le traeré una manta, porque ¿tiene frío por las noches? - No te preocupes... Juan... - Juan Carlos. - Eso Juan Carlos. No te preocupes que no tengo frío. - Claro que sí mujer, que estamos en pleno Noviembre. - Bueno, pues muchas gracias. - Adiós Teresa. - Adiós y que Dios te bendiga hijo. - A usted Teresa.
Y ella siguió ahí, vendiendo algún que otro libro mientras yo me iba a mi casa.
Hoy en día Teresa ya tiene un piso que comparte con su amiga Carlota, aunque sigue montando su puesto de libros algunas veces. También manda una donación mensual de 400€ a Cáritas para construir escuelas en África.
Y es que la esperanza siempre brota donde menos se la espera.
Espero que haya podido encontrar en esta entrada al menos una expresión que haya sido de su agrado y mediante la cual haya podido interiorizar una pequeña parte de lo que yo he querido transmitirle.
son voces del tiempo que resuenan en la lejanía del retorno de lo bello y lo caótico al compás de la perfecta desordenación del infinito espacio que contrae e inflama los resquicios de la sonoridad absurda de cuanto perturba la estabilidad latente del sopor tibio por saberse hijo del témpano misterioso y majestuoso bañado en la cristalina gloria de la autosimilitud y de diseño austero cuando parpadea el destello purpúreo de la espuma de las olas que embravecidas rompen contra la oscuridad dendrítica que brota límpida del manantial elocuente del anhelo imposible fluyendo hacía el chorro luminoso jamás avistado por lente alguna que refleja el ámbar sísmico universalmente hablando de los patrones iterativos que modelizan la perseverancia natural e inherente al comportamiento vital de los objetos hipercomplejos que podemos observar con detenimiento y regocijo si supiere el intelecto capturar toda aquella masa inerte que desvela la magnificencia y beatitud de los colores que vidriosos rompen la seda del alba vírgen que la conciencia ajena se atreve a encumbrar como filamento pulcro y armónico silbido del metal que resuena indicando la llegada de la hora otoñal que revivirá la fantasía ígnea del incensario humillado porque es ayer cuando se brinda la oportunidad de renacer de las cenizas del humano desheredado mientras granula la esperanza de abarcar la eternidad en un puño fraccional que le permita asir la descarga sónica que clama al vacío rellenando con licor de amor la somnolencia febril que aguanta valerosa el ataque del bravío caos y de la entropía innata de la ilusión pasajera que deslumbra siempre que la sabiduría del arquitecto ordenador de este esbozo de ficción no nuble la nebulosa observancia del polvo cósmico que toma forma de la actualización de la idea de conjuntos no lineales que se entremezclan con la melodía acallada del hálito épico que regentando en nombre de la fluctuación pretérita reclama para sí los bienes del común acuerdo y la común pleitesía hacia ciertas franjas que son a su vez centinelas del hierático estupor reconociendo de esta forma los errores abnegados de la satisfacción ramificada y que flotando desalojan un alto porcentaje estandartes de precisión precisa y su bondad heurística desdibuando entonces la frecuencia sibilina de los túneles y agujeros que permiten la circulación de todo tipo de lenguajes y normas algebraicas por donde antes solo transitaban deambulantes sueños de despertar invernal y de altividad estructural de esta forma se concluye la sentencia limítrofe entre el grupo y la unidad de todos aquellos cráteres diferenciados de sus progenitores en las espirales espirituales de perfección ligada al nudo del abismo inerte del latido pausado y silenciado de el dibujo acotado que asemeja la catársis del olvido que recoge substancia perfilando burbujas y explosiones del tubo resistente a corrientes que asemeja a secciones recónditas de influjos derivados de sincronizaciones obturadas por la diástole más salvaje de la implosión azarosa del substrato enigmático del código privado del estertor que fructifica automatizando todo comportamiento anómalo para un ser de su especie y cuya dimensión no resulta ser más paralela a sí misma que el borrador pasajero y dinámico de lo más ínfimo a lo superlativo de cuanto imagine por los milenios de ayer y mañana
Laura Guerrero de 5 años tenía un tesoro. Lo guardaba en una caja de cartón duro pintada de morado oscuro, y además le había colocado un lazo dorado encima para darle aún más importancia al contenido de la caja.
Cada mañana limpiaba la caja y la metía en su mochila, junto a sus libros de Matemáticas, Conocimiento del Medio, Religión y Plástica. Nunca se separaba de su tesoro y lo llevaba a todas partes, como si fuera un amigo al que quisiera hacer partícipe de su vida.
Cuando se sentía sola, Laura se abrazaba a su cajita y sentía el tacto sedoso del lazo acariciando su rostro, incluso a veces le servía para subirse encima de él y llegar a cojer sus galletas favoritas de lo alto de la estantería de la cocina, porque su madre siempre se las subía ahi arriba para que no se las comiera todas el mismo día.
Laura había perdido a su padre de pequeña en una explosión que se produjo en la fábrica donde trabajaba, ella no lo sabía, su madre le había contado: "Laura, papá ha tenido que ir a reparar una de las nubes del cielo porque gotea mucho y hasta que no arregle la nube no podrá volver". El padre de Laura era fontanero y en su casa siempre se dedicaba a arreglar los grifos que goteaban, aunque a Laura le encantaba quedarse dormida mientras escuchaba el acompasado sonido del goteo del grifo de su cuarto de baño.
Una vez Sergio, el padre de Laura, le contó que el mayor peligro de los fontaneros y a la vez su mayor satisfacción es que desmonten una tubería, le quiten todas las tuercas y los tornillos y que al volver a montarla, le sobren piezas; le dijo: "Laura, hija mía, si algún día desmontas una tubería y te sobra una pieza, guardala porque te puede servir en otra ocasión"
Cada vez que llovía, Laura pensaba que su padre aún no había conseguido arreglar la nube y que todavía tardaría mucho en volver a verlo.
Ahora mismo, Laura camina por la calle. Viene de jugar a "princesas" en casa de Mónica. La sonrisa que se dibuja en su carita va embelleciendo la calle y con su suave y tierna inocencia va inunando de paz los corazones agitados que se cruzan con ella. Su padre la ve desde el cielo y llora. Cuando las lágrimas de su padre resbalan por la carita de Laura, ella se agacha al suelo, recoge una tuerca y un tornillo que encuentra al lado de su zapatito y abre la caja.
Mete en la caja el tornillo y la tuerca y mirando al cielo dice: "Papá, ya tengo otra tuerca más para que puedas arreglar tu nube y pueda volverte a ver. Te quiero papá".
Es el reflejo argentino del orbe selenita el que desacompasa el ritmo común de las ánimas y resucita la desnudez latente de las palabras repentinamente extrañas
es del fuego su sopor escarlata el que inflama el quinqué taciturno el que amasa la rabia del mundo y que satina la prosa acallada
he quemado algunas verdades y también descorrido algunos velos, he pintado sonetos en el cielo y desmaquillado iniquidades
prometo salvar la risa cuando el mundo se esclavice y cuando la libertad se deshumanice trascender amando
No sé si estará ahí ahora mismo para leer esta carta que le estoy escribiendo, ni siquiera se si algún usted la leerá algún día.
Podría narrarle fidedignamente todos los acontecimientos de mis días, desde que nací en Septiembre de 1990 hasta el día de hoy, o directamente hacerle un breve repaso de mi vida; pero es probable que no tenga tiempo para leer un testamento anónimo.
Y como es probable que le falte ese tiempo, también es probable que diariamente pase por alto todos los pequeños detalles que humilde y sutilmente decoran su ocupada vida. Es probable que amanezca ya en el trabajo o en clase y que vea correr el minutero del reloj tan vertiginosamente como ve pasar los rostros anónimos del metro.
De la misma manera es probable que ayer le parezca igual que hoy y que piense que al fin y al cabo la vida sigue y que de eso se trata todo, de vivir. Es probable que se sienta solo en este mundo, que piense que al fin y al cabo las personas fallan y que eso es todo y que hay que seguir viviendo.
Muy probablemente no recuerde quien fue la quinta persona que se encontró ayer a lo largo del día ni tampoco se acuerde del cumpleaños de más de quince personas.
Es probable que hoy haya oido muchos sonidos, pero es más probable que nunca haya escuchado la melodía que nace de las hojas arrastrándose por la acera ni del cabello agitado por el viento.
No se ofenda ni crea que le reprocho nada, porque casi todas estas cosas yo tambien las hago y simplemente trato de mostrale con ternura algunas de las cosas que son más importantes en mi vida.
Me gustaría creer que alguna vez ha sentido esa sensación de hogar confortable que le recorre todo el cuerpo al abrazar a un desconocido o que ha llorado una lágrima cuando olió por primera vez el olor de una vela encendida.
Y me haría inmensamente feliz saber que usted cree que el amor es la fuerza más grande.
Me encantaría pasar horas con usted hablando en un parque y poder descubrir, si me dejara, todo lo que le apasiona, lo que sueña y lo que olvida; pero es probable que Dios aun no haya cruzado nuestros caminos y digo probable, porque también es probable que le conozca, ya que mi carta no tiene más destinatario que usted, el que ahora lee estas palabras.
Probablemente se preguntará qué quiero decirle con esta carta, porque remover conciencias nunca ha sido mi meta ni creo que tenga derecho a hacerlo.
Asique lo único que quiero decirle con esta carta es que le amo, plenamente y con lo más profundo de mi alma y de mi ser, que amo sus inseguridades y sus inexperiencias de la misma manera que amo sus victorias y sus anhelos, que aunque no le conozca, y es probable que nunca llegue a hacerlo, le amo, sin máscaras y sin apariencias, con su historia y con su magia, con su inigualable originalidad le amo.
Me detengo una vez más ante las baldosas rosáceas de la puerta Oeste del Parque Fisbert. El elegante kiosko de la esquina se confunde con un farolillo y la mujer que lee la revista que acaba de comprar lleva un vestido naranja.
Desde donde estoy ahora mismo puedo aspirar las fragancias del metropolitano jardín ante el que me encuentro, puedo oler las fuentes de agua fresca, la hierba, el sauce llorón de detrás de los bancos de piedra, los patines de los niños, los remos de las barcas, el maquillaje del mimo y la boquilla del hombre ciego del saxo.
Una vez dentro, me descalzo y dejo que mis pies acaricien la gravilla, camino un rato por el simple placer del tacto de la gravilla. Ahora simplemente me guian mis pies y mi nariz.
Huelo "La espuma de los días" que está leyendo un jóven de cabello largo y me dirijo hacía allí. Mis pies ahora bailan sobre césped verde y tierno, mientras el aroma de la novela de Boris Vian me seduce.
En mi camino, se cruza el aroma de una ardilla tratando de masticar un chicle del suelo. Y aunque mis pies me guian hacia la hierba que acaban de regar, sucumbo al olfato y me dirigo hacia la vigorosa ardilla.
De pronto se acerca una pequeña niña con más helado de chocolate en el vestido y en los labios que en el barquillo. Me toma de la mano y me lleva junto a una farola en la que se ha enganchado su globo verde. Sin decirnos una palabra recupero su globo y ella me recompensa con una tierna marca de chocolate en mi mejilla.
Compro una limonada y me tumbo en la hierba a contemplar las nubes que recitan para mí un soneto primaveral, mientras una pareja se funde en un beso sostenido.
Es entonces cuando amo a mi familia de desconocidos que cada día atisbo a las 6 de la tarde en el parque, cuando me enamoro de todas sus manías y costumbres, cuando me enternezco con sus rostros ajenos y con sus olores indiferentes, cuando adoro sus estelas para formar mi familia de desconocidos.
Gente demasiado especial o demasiado común para cruzar el parque a las 6 de la tarde, gente demasiado extraordinaria o demasiado rutinaria para ir dejando su huella en la hierba, y gente demasiado niña o demasiado anciana para hacer elocuente eco de la boreal primavera.
El 31 de Marzo de 1983 a las 21.56h, Helgi Sveinbjargarson bañaba a su hijita Þóra Helgadóttir en el 24 de la calle Bragi Páll, en el centro de Mosfellsbær, una ciudad modesta a 17km al Norte de Reikiavik. Helgi frotaba el cuerpecito de su hija de dos años mientras recordaba que al día siguiente probablemente perdiera su trabajo, y mientras las motas de espuma resbalaban por la espalda de su inocente hijita, Helgi no dejaba de hacer cuentas y de preguntarse como se las apañarían para llegar a final de mes.
Su esposa llevaba 3 meses ingresada en el hospital por un trágico accidente de tráfico y Helgi se desvivía por que recibiera los mejores cuidados posibles. Trabajaba 14 horas al día en un taller de reparación de tractores y otros vehículos agrícolas y con las míseras 70.000 krónas que sacaba al mes mantenía a su esposa en el hospital y a su hija en la escuela de Varmárskoli. Casi inconscientemente aclaraba los dorados cabellos de Þóra mientras ella jugaba con el bote de champú vacío en el agua tibia de la bañera. Cuando hubo terminado la sacó de la bañera, la envolvió con una toalla verde oscuro y mientras ella se ponía el pijama Helgi comenzó a preparar la cena. Þóra eligió su pijama de nubes porque el de flores estaba sucio del desayuno de esa misma mañana.
Helgi abrió la despensa y observó lo vacía que se encontraba y se preguntaba como se iban a alimentar el resto del mes. Þóra jugaba con los calcetines, como si fuesen dos aviones que cruzaban el cielo. En estos aviones los pilotos no iban en la cabina, sino subidos encima de las alas. En un avión iban su padre y su madre y en el otro ella. Se echaban carreras surcando el cielo. Mientras cenaban, Helgi estaba decidiendo llevar a su mujer a un hospital más barato y empezar a vender algunos de los cuadros que su abuela le había legado. Þóra dibujaba letras en el puré, haciendo surcos con la cuchara.
Cuando hubieron acabado de cenar, Helgi se inventó un cuento para su hija, como hacía todas las noches, esta noche el cuento estaba cargado de la melancolía y la tristeza en la que se encontraba embebido. El cuento trataba de un caballo que tenía que deambular solo en el desierto y que iba cantando mientras observabacomo huía su lánguida sombra.
Cantaba:
"Viajo sin rumbo ni gloria,
sin fatiga en mi demora,
el aliento de la soledad,
basta para mi honra.
Cuando alcance a descansar,
la brisa mecera mi cola,
y el alma del desierto llorará
el calor insipido de la historia..."
Cuando ya se hubo dormido Þóra, Helgi acarició el rostro de su hija, tan ignorante de lo crudo de la vida y rompió a llorar. Þóra se acercó a su oido y tras besarle la mejilla le susurró: "Mañana volaremos mamá, tu y yo, alli a donde no hay krónas, ni tractores ni hospitales. Te lo escribí antes en el puré pero tu ni te diste cuenta. Sécate las lágrimas papá".
El 31 de Marzo de 1983 a las 22.47h se produjo un latido que no se perdió en lo inmenso del universo.
Las tenues luces encima del espejo iluminan la soledad y eco del silencio que le rodea. Ella mientras tanto se quita los zapatos; hoy ha sido un duro día. Ahora frente al espejo, y rodeada de trajes y maquillaje, observa la imagen especular de su rostro aun decorado por las pinturas.
Sutilmente una melodia en el piano le llega del escenario. Otra vez Victor está acariciando ese viejo piano, pero ahora cree que nadie le oye y eso lo hace aun más mágico. Ella con un zapato ya en la mano y el otro aun por desanudar se detiene un breve instante a apreciar la sutil magnificencia de ese momento, fugaz al universo.
Se imagina bailando en un escenario de Berlin, aunque en el que lleva toda la mañana no es nada despreciable, y oye los aplausos de un público ávido de un trago de estética visual.
En ese mismo instante siente que la música fluye por sus venas arrancándole los restos de ego e impregnádole una humildad clara y límpida y pura como la nieve virgen de las cumbres del mundo.
En la pobreza y la ruina de ese viejo teatro, de ese viejo piano, de esas viejas butacas, ella desvela uno de los enigmas superlativos de la ignorancia humana: el porqué del sacrificio.
Horas y horas de ensayo y entrenamiento por perseguir un sueño selenita, por sentir el cálido beso de los focos y el hogareño y acogedor sonido de los zapatos resbalando por el escenario.
Se desanuda el otro zapato con fruición mientras los dedos de Victor van finalizando su pausado baile vespertino sobre el marfil del piano.
Ya está lista para asumir la derrota pretérita, y lo que es más valeroso y admirable aun, asumir la derrota futura.